LA HORMIGA PARLANCHINA
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Camino de Carralamata encontró
dos negras filas de hormigas que atravesaban el camino. Se acercó curioso a
observar esos dos surcos negros en movimiento. Dos filas paralelas y
perfectamente alineadas, como hechas con regla y cartabón. Conforme fue aproximando
el ojo percibió un movimiento incesante de diminutos y negros animalicos.
Circulaban en las dos direcciones y a veces trataban de chocar unas contra
otras pero, dos antenas situadas en la cabeza parecían ser la causa de que el
choque no se produjera. Se aproximó más y más y siguió la negra fila de
incesante movimiento hasta el agujero de entrada al hormiguero. Sacó del
bolsillo su linterna y enfocó a la profundidad de aquel túnel oscuro. De
pronto, como absorbido por una fuerza misteriosa, fue succionado hacia su
interior. En ese mágico instante, al mismo tiempo que su cuerpo se estrechaba
para tomar el grosor de una aguja, su tamaño disminuía en todas sus
proporciones hasta alcanzar el de uno de aquellos diminutos animalicos.
Ya estaba en medio de aquella
oquedad y a su lado pasaban con incansable movimiento un mar de seres cargados
de alimentos. Los depositaban en el gran almacén y tornaban a salir fuera en
busca de más y más semillas. Como si fuera el última día de recolección y no
tuvieran suficiente alimento para todo un inverno, su afán era inconmensurable.
Trató, entonces de llamarlas, de hablarles, de preguntarles por la razón de
tanta laboriosidad. Pero las pequeñas hormiga no le entendían. Acaso le
respondían en una lengua y en un acento incomprensible para él. Al poco tiempo
llegaron dos hormigas guardianes, se colocaron una a cada lado de la intrusa y
con un gesto la invitaron a seguirles.
La hormiga reina que tenía la
grandeza y el poder de un Dios, conocía todos las lenguas del mundo de las hormigas
y todas las lenguas del mundo de los humanos. Le preguntó la causa de su
llegada y qué pretendía al entrar en un espacio vedado a los humanos, no sólo
por su tamaño, sino por la escasa capacidad para comprender aquel mundo
singular y perfecto. En el hormiguero no había guerras, ni pobreza, ni
envidias, ni traiciones… cada uno tenía asignado su papel desde el momento
mismo de su nacimiento y la reina madre de las hormigas, todopoderosa, cumplía
el plan preestablecido con total puntualidad.
Sin embargo, la intrusa había
llegado de forma insospechada y, con el agravante de no tener trabajo asignado.
Además, no sabía hablar ni comprendía nada de lo que le rodeaba. Por esa razón
la reina madre trató de encajar esta pieza (este verso suelto) en el perfecto equilibrio
del hormiguero. Como había llegado con aspecto
de hormiga lela y sumida en un total espanto por todo lo que le rodeaba,
acertó a llamarla: Espanto-lela. Le asignó maestra para que aprendiera la
lengua de las hormigas y la dejó durante un tiempo fuera de las filas
inacabables para que fuera comprendiendo mejor el mundo al que acababa de
llegar.
Aprendió enseguida que el
lenguaje de las hormigas era muy sencillo a la vez que sutil. Era muy parecido
al sistema de numeración binario, el mismo que los humanos utilizan en la
comunicación digital. La expresión verbal tenía su contrapunto en la
comunicación Morse y se realizaba mediante el frotamiento de las antenas que
les crecían en lo alto de la cabeza. Cuando hubo comprendido bien la lengua y
practicado a la perfección, Espanto-lela fue presentada de nuevo a la reina
madre.
Bien, susurró la reina nada más
ver de nuevo a Espanto-lela. Ahora ya podían hablar, sin embargo, le
comunicaron que ella no podía dirigirse a la reina, a la diosa suprema del hormiguero.
Le advirtió, su maestra, que estuviese atenta al mensaje que le iba a
trasladar. De momento y por un tiempo indefinido te ocuparás del hormigo-radio.
Se trata de un amplificador de voz en el que irás repitiendo incesantemente
todos los avatares de mi larguísima vida y de mis virtudes. Es como un hilo
sinfín, sólo pararás para comer lo preciso y para dormir. No hay más límites ni
más expectativas. Desde ese mismo instante Espanto-lela tomo el micrófono y
comenzó el relato de la vida de la reina según un viejísimo manuscrito escrito
con diminutos puntos y rayas, indescifrable para los que desconocían la lengua
de las hormigas.
Pasado un siglo (cómputo
hormiguil) de lectura ininterrumpida, la hormiga Espanto-lela fue de nuevo
presentada ante la reina. Ésta, le habló claro y conciso. Tu misión es la
siguiente. Se trata de que vuelvas al mundo de los humanos y realices la misma
tarea que aquí has desarrollado. Te ocuparás de las emisoras durmientes. Se
trata de una red de radio que emite constantemente música y noticiarios. La
música deberá ser sedante para ir reduciendo progresivamente la vitalidad y la
capacidad de juicio de los humanos. Los boletines informativos serán anodinos y
quitarán todo tipo de preocupaciones a los hombres. Al final del proceso, que
puede durar siglos (cómputo hormiguil), la conducta de los humanos debe
parecerse a la de las hormigas. Los hombres, como zombis, realizarán sus tareas
rutinarias y carecerán de opinión sobre las cosas. En un momento determinado de
mi eternidad, lo mismo que tú te has reducido, las hormigas nos engrandeceremos
y conquistaremos el mundo de los hombres.
Tras despedirse, los guardianes
condujeron a Espanto-lela hasta el orificio de entrada al hormiguero. Nada más
tomar el primer aliento de aire fresco, la hormiga se transformó de nuevo en un
ser humano. Fue retirándose del hormiguero sin sentir, aparentemente, que
aquella extraordinaria experiencia había durado un siglo hormiguil, equivalente
a unos pocos segundos en la vida de un humano.
Tornó a la villa de Encinacorba y
durmió aquella noche profundamente. La relajación que sentía la achacaba al
cansancio del paseo. Sin embargo, en los
días siguientes su conducta no cambió y cada día sentía sus músculos más
relajados y su latido cardiaco más lento. Tomó el tren como impelido por una
fuerza superior y se presentó en Zaragoza. Allí, en la Inmortal (de nuevo
recordó a la reina de las hormigas) se dirigió a las instalaciones de Radio
Aragón. ¡Quiero ser locutor!
Le realizaron concienzudas
pruebas. Leyó textos larguísimos. Le hicieron dramatizar con obras de los
clásicos españoles, etc. etc. El informe fue inapelable: “Está preparadísimo”.
De esta forma, sin que nadie sospechara nada, entró en la radio. Desde el mismo
día en que articuló su templada y meliflua voz sobre el micrófono, comenzó la
humanidad a estar en peligro. Los “maños” empezaron a echar larguísimas siestas
y a dormirse en el trabajo. Los coches redujeron su velocidad y hubo
embotellamientos. Los tranvieros reducían su velocidad al mínimo. Poco a poco,
gracias a la magia de la radio, los aragoneses empezaron a dejar el coche en
casa e ir al trabajo formando larguísimas colas. Desde las azoteas de las casas
se veían desfilar bajo las boinas negras y los pañuelos (también negros) de las
mujeres, atadicos a la cabeza, filas de humanos maduros ya para la invasión que
preparaba la reina de las hormigas.
A Cecilio Lagasca Auré le gustaba
hacer el amor en la quietud de la noche, cuando la luna estaba colgada sobre
Santa Cruz y la calma hacía hueco en su amoroso colchón de lana. Penetraba a su
mujer sin previo aviso. Ella consentía a sabiendas de que esa trasgresión le
excitaba sobremanera. Pero, aquella noche, de repente, el cielo se tornó
rojizo, el viento huracanado volteó las nubes sobre la sierra de Algairén y
extraños y estruendosos golpes secos y duros se acrecentaban por momentos.
María le apremió a derramarse pues, todo aquello, le resultaba extraño y
aterrador a la vez. Por un instante ella vio desaparecer el techo de la
habitación sobre el que tenía fijos los ojos, al igual que el aparato de la
luz. Sobre ella una enorme cabeza negra con dos antenas y una fila de enormes
dientes como cuchillos se abrieron de par en par y devoraron a la pareja, sin
que Cecilio, todavía, hubiera tenido tiempo a derramarse.
La tarde había sido rara con
constantes cambios del viento y un ir y venir de nubes pretas y negras que
dejaban entrever una agitación constante en la naturaleza. Violentos tornados
se levantaban sobre los caminos y rastrojos elevando al cielo columnas de polvo
rojo arcilloso. Uno de esos tornados devino en afilada aguja que penetró en el
interior del hormiguero de Carralamata. La reina madre y diosa todopoderosa del
hormiguero percibió que el día y la hora había llegado. Puso en marcha a los
heraldos, activó la megafonía, conectó la radio-hormiga y toda la colonia como
una sola hormiga se puso en pie. Se formó una fila de menudos seres,
aparentemente cándidos y carentes de maldad, que instintivamente tomaron la
salida del hormiguero. Pero, conforme llegaban a la luz del exterior su cuerpo
crecía tomando el tamaño del un caballo percherón. Su abultado cuerpo, su
enorme cabeza, el haber desarrollado dos enormes filas de dientes que como
sierras mecánicas destrozaban todo lo que encontraban a su paso, les deban un
aspecto terrorífico. Arrasaban cosecha, destrozaban poblaciones y comían de un
solo bocado a una o dos personas a la vez.
Para el año 2050 de la era
cristiana los pueblos de Aragón habían alcanzado su más alto grado de
despoblación. Zaragoza, sin embargo, crecía como gran metrópoli con más de dos
millones de habitantes. Todas las autovías llegaban a la Z-50, un enorme anillo
de 50 kilómetros de longitud que rodeaba el centro de este fértil valle regado
por el Ebro. Era el día 12 de octubre, había fiesta en la ciudad. Las vías de
comunicación estaban atestadas de estos fantásticos hormigones que caminaban
hacia la ciudad dejado a su paso una estela de terror y de pavor.
Por la avenida de Fernando II el
Católico avanzaba una columna de animales desbaratando todo lo que encontraba a
su paso y comiendo oferentes. En su seno llevaban, en peana, a la reina de las
hormigas y diosa todopoderosa para colocarla en la Basílica del Pilar. Este
enorme edificio estaba destinado a ser nidal y gineceo de hembras fértiles. Una
vez depositada en tan suntuoso espacio, la reina inició una exuberante y
extraordinaria puesta de huevos que cubrió paredes, altares, cúpulas, pechinas,
bóvedas, sacristías y campanarios. Otros batallones de hormigones se dirigieron
a los puntos estratégicos de la ciudad oasis: el Pignatelli, la Aljafería, el
Ayuntamiento, el Cabildo Metropolitano y la casa de ganaderos. Particular
cuidado tuvieron de tomar al asalto y disimuladamente las instalaciones
militares del Campo de San Gregorio.
Al terminar aquella aciaga
jornada del 12 de octubre del 2050, aquel enorme ejercito de hormigones que
había llegado a la ciudad invadiéndola desde todos los puntos cardinales, había
acabado con cualquier resto de vida humana en la Inmortal. Nada quedó, pues, ni
de los oferentes ni de sus ramilletes de flores. Y, lo que es más triste, nadie recordaría
jamás lo acaecido en esta ciudad.
Una vez tomada Zaragoza, las hormigas, que
iban incrementado su numero gracias al nidal del Pilar, iniciaron su marcha
sobre la ciudades circundantes: Barcelona, Lérida, Huesca, Soria, Logroño,
Guadalajara, Teruel…
Todo parecía indicar que el fin
de la raza humana estaba a punto de producirse. Todo, al parecer por culpa de
la RADIO (Aragón Radio) y de una DESPOBLACIÓN que había dejado crecer los
hormigueros sin control alguno.


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