LEYENDA DE "LA
POMADA DE LA CONDESA"
Era una deidad guerrera encarnada
en las fuerzas crepusculares. Su marmita Dagda era capaz de hacer resucitar a
los muertos y de fabricar el elixir de la inmortalidad. Anhelaba los
sacrificios humanos, especialmente de niños enfermos e impuros. Aparentaba ser
un dios terrible y a la vez próximo a los hombres. Habitaba toda la celtiberia
y, cerca de Contrebia Belaisca (Botorrita), se hallaba uno de sus más amplios y
bellos lugares de adoración. El santuario estaba bañado por las salutíferas
aguas del río Frasno. Era el hogar sagrado de Lug. En el centro, sobre una
pequeña meseta bien orientada, crecía una enorme encina cuyo tronco había sido
partido en dos por el violento rayo del dios Júpiter. Los dioses romanos se
estaban imponiendo en la Celtiberia. Prueba de este nuevo orden, tanto en lo
terrenal como en lo espiritual, era la destrucción de las ciudades-santuario
celtibéricas de Segeda (actual Mara) y Numancia (Soria).
Para el equinoccio, cuando el día
y la noche guardan un equilibrio perfecto, si había luna llena, había conclave
de druidas bajo la copa poderosa de aquel árbol milenario. Los
sacerdotes-druidas guardaban un sepulcral silencio mientras escuchaban el murmullo
que el viento producía en sus hojas. Lug les hablaba a través del árbol sagrado
y les predecía lo que iba a suceder durante todo el año.
Los días siguientes al cónclave
se dedicaban a recoger todo tipo de raíces, hojas, musgos, y hongos. Eran los
días propicios para obtener esencias y elixires. Lo eran también para las curas
y sanaciones con pomadas y ungüentos mágicos que solamente los druidas sabían elaborar. Desde luego eran
también los días indicados para pasar, justo a las doce de la noche, a los heridos
y herniados por el tronco del árbol sagrado situado en el centro del amplísimo
santuario.
Toda esa sabiduría, trasmitida de
generación en generación, atravesó intacta la época romana, la visigoda, la
árabe y la cristiana, hasta llegar a las postrimerías del siglo XIX con una
pujanza inusitada. Afrodisiacos, elixires, pomadas, cataplasmas, infusiones y
un largo etcétera de productos constituían la farmacopea natural de la villa de
Encinacorba. Famosa más allá de los límites comarcales e imán de muchos curiosos,
hasta ella llegaban en busca de remedio para sus males las más diversas e
inusitadas criaturas.
Ya entrada la cuaresma, se
dejaron ver por el camino de Aguarón dos jinetes a caballo. Nada más entrar en
el término de la villa sagrada, sus pasos se regiraban si erraban el camino que
les había de conducir hasta la Casa de la Maga. Ajenos a la lluvia que caía,
enfilaron la calle mayor sin preguntar a nadie. Un halo de misterio y una
neblina azul, que envolvía los cascos de las caballerías, guiaban sus pasos.
Descabalgaron y golpearon la puerta de un edificio señorial. Abrieron el portón
de la casa cuyas ventanas siempre han estado pintadas de azulete y preguntaron
por Dagda la Maga. Al instante desaparecieron hombres y caballerías penetrando
en el amplio patio renacentista que se abrió ante ellos.
Eustaquio Anadón Buj acababa de
llegar de Cuba con una gran fortuna. Allí había sido prestamista, comerciante,
armador y traficante de esclavos; también había viajado por buena parte del
Continente del Agua. Hombre inteligente pero extremadamente hipocondriaco, se
había interesado vivamente por los secretos de las curaciones que practicaban
los nativos a través de la medicina natural.
Este indiano quería establecer
casa solariega en Aguarón, de donde era natural, e iniciar una nueva
trayectoria social como hombre resto y sin mácula. Tenía solamente una hija,
Aurora, fruto de sus amores apasionados con una bella nativa. Aurora era la
viva estampa de su madre y, además de hermosa y joven, estaba en edad casadera,
por lo que su padre trataba de buscarle un joven bien posicionado para que la
familia creciera en categoría social. No le faltaba en verdad, con todos esos
adornos, pretendientes que quisieran tener, además de a la hermosa joven, una
parte sustancial de la fortuna del padre. Sin embargo, se había corrido el
rumor en los mentideros de Cariñena de que la joven había perdido la virginidad
poco antes de llegar a España, desde su Cuba natal. El suceso habría tenido
lugar con ocasión de la convulsa guerra que había padecido la isla para lograr
su independencia. Consecuencia directa de la violencia ejercida sobre los
españoles fue la violación y muerte de numerosas jóvenes. Eustaquio pudo salvar
la vida de su hija mediante el pago de una cantidad importante de dinero.
Ahora, de vuelta a la madre patria, se sentían seguros.
Quiso el indiano poner coto a las
habladurías de la gente, más no fue posible. Así pues, después de mucho
meditarlo, decidió ponerse en manos de Dagda, la Maga de Encinacorba, de la que
se había oído hablar con enorme pasión a los vecinos de Aguarón. Los dos
jinetes volvieron maravillados de los que habían visto con sus propios ojos.
Dagda era poseedora de una marmita fabricada con los mismos materiales que
Dagda, la que fuera mítica caldera del dios Lug. Conocía perfectamente las
sustancias necesarias para fabricar una pomada que, aplicada regularmente a su
hija, le permitiría, en pocos días, recuperar la virginidad perdida. La pócima
era una mezcla de diversos elementos cocinados en la marmita con agua de la
Fuente Hambrienta. A ellos se añadía agallas de encina (quercus), pie de león
(alchemilla vulgaris) y el zumaque rhus coariaria. La pomada se aplicó
siguiendo detalladamente las instrucciones de Dagda. A los pocos días, Aurora
había recuperado totalmente la virginidad y había mejorado significativamente
su aspecto personal. la noticia corrió como la pólvora y la fama de la Maga de
Encinacorba siguió en aumento. De todos estos sucesos extraordinarios hay
memoria en la Casa del Indiano de Aguarón, cuyo escudo condal de armas porta,
en caja partida, una encina verde y un caldero de cobre.






