En este caserón renacentista se encuentra el Ayuntamiento, la bibiloteca María Moliner, el bar y otros servicios.
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Puerta de acceso al Ayuntamiento.
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Patio con las escaleras de subida al primer piso, a la derecha la biblioteca.
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Acceso a la biblioteca.
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PANIZA
Alfonso Zapater
A cinco kilómetros de Cariñena, en el cruce de la carretera de Alardeen –y a la izquierda de la general de valencia-, se alza el caserío de Paniza sobre una loma ovalada, visible para el viajero casi en su totalidad. Abajo, en el mismo cruce, los ricos caldos de la localidad, dentro de los de la denominación de origen de Cariñena, reclaman su atención; allí levantan su estructura dos plantas embotelladoras: la Cooperativa “Nuestra Señora del Águila” y “Carmelo Martínez Cristóbal”.
Pruebe el vino pajarilla –suele ser la invitación de ritual-; no hay otro como el de Paniza.
“Castillo de Paniza”, “Solera Reservada”, “Lomarroya” y “El Tío Goyo” son otras tantas marcas de vinos de la localidad, lanzadas ala conquista de todos los mercados.
Desde allí mismo arranca el puerto que coronará en el pico del Águila, a 1054 metros de altitud sobre el nivel de mar, donde destaca la ermita de la Virgen. Antes, el viajero tendrá ocasión de hacer un alto en el Balcón de Encinacorba, desde donde cabe contemplar la espléndida panorámica del Campo de Cariñena.
Paniza perteneció a la antigua comunidad de aldeas de Daroca y alcanzó su independencia municipal en 1834, con la consideración de villa.
Tierra de secano, de viñas y de cereal, el agua llega, cuando la sequía no es muy prolongada, a través de manantiales tales como las fuentes de “La Chula” y “La Montanar”.
Dicen que el agua de Paniza es buena para el reumatismo –apostilla un vecino.
Durante la primera guerra carlista, la villa fue escenario de las correrías del cabecilla Quílez.
El núcleo urbano, situado en lo alto de la loma, se ofrece pleno de pintoresquismo. Abundan las viejas casona de estilo renacentista aragonés, con sus arquerías de ladrillo y sus salientes aleros. Destaca de todo el conjunto la torre de la iglesia parroquial, uno de los más bellos ejemplares del mudéjar aragonés, aunque reformas posteriores le hayan restado parte de su belleza, a cambio de garantizar su consolidación. Destaca así mismo un arco de ladrillo, con su correspondiente capilla.
La parroquia esta dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles y es también un edificio de ladrillo, de estilo mudéjar, pese a sus transformaciones sufridas en las distintas épocas. A juzgar por su primitiva portada, hoy tapada, la obra corresponde a fines del siglo XV; esta portada es de estilo renacimiento, con arco de medio punto, triple hornacina y frontón con remate. Junto cabe admirar un arco de medio punto, sencillo, y otra segunda puerta con frontón, igualmente tapiada. El muro se decora en su parte superior con ladrillo mudéjar, a base de rombos con ladrillos resaltados y óculos para su iluminación. La fachada culmina con arquillos de medio punto, en forma de lonja aragonesa. La torre sube airosa en el lado de la epístola, de base cuadrada, para elevarse después, estilizada al máximo, de forma octogonal; sube así, estrechándose, entre entre cuatro pequeños torreones elevados en los ángulos, para culminar con chapitel bulboso; por su estructura y decoración, es bastante semejante a la de Mainar, el cuerpo bajo con escaleras de tramos, cubierta con bóvedas de ladrillos, y el caracol por lo que respecta a los cuerpos octogonales.
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Existen ermitas dedicadas a San Gregorio, a Santa Quiteria y a la Virgen del Águila. Esta última se alza sobre lo alto del puerto, donde abundan las carrascas -sobre ellas, milagrosa, se posó un águila, según la tradición-, y para trono de la Virgen se buscó precisamente el tronco de una encina. El santuario fue fundado en el siglo XVI, sobre los años 1520, según el padre Faci.