El sol se pone tras la sierra de Algairén o de las lagunas. Ha pasado por la villa el último tren y las calles permanecen solitarias. El silencio se apodera de todo y de todos, en la villa de los músicos. El Casino abre sus puertas y con una rutina desesperante, algunos viejos toman su café y leen el periódico. No hay más novedad que el sopor de las largas tardes y de las inacabables noches. La televisión funciona a todo volumen en todos los hogares y es que la población, mayoritariamente anciana, va perdiendo agudeza auditiva. Ahora hay tienda en la calle Mayor y, por momentos, se nota algo más de trasiego de gente. Por las Acequias, buscando los rayos de sol y el abrigo del cierzo, una sombra pasea. En frente queda Santa Quiteria, abandonada a su suerte. ¡ Lástima!, murmura una voz entrecortada... el pueblo no tiene perras. El hombre viene del Pabellón, un edificio desproporcionado para los cuatro vecinos del lugar, donde se ha tirado el dinero a espuertas. ¿Y la estación?.. pues para albergue... Pero si no viene nadie... ¡No! pero a que queda majo.
