MILLÁN Y MARTINA
(Una historia de amor hermoso a espaldas de la Virgen del
Tremedal)
*
El cura le puso de nombre Millán, como el patrón del pueblo.
A los padres les pareció bien. Siendo nombre de santo seguro que el zagal
estaría protegido. Aquel año había bajado con el ganado hasta la Carolina,
Jaén, lugar al que hacían la
trashumancia desde tiempo inmemorial. Nada más pasar el Gallo se sintió
verdaderamente en casa. Se lavó la cara, cenó y se fue a la cama. Hacia meses
que no dormía en un colchón de lana y su madre se lo había dejado bien mullido.
Durmió de un tirón hasta bien entrada la mañana. Se levantó, se desperezó y
preguntó por Martina. Martina era de su edad y habían ido juntos a la escuela y
a jugar al Ejido. Su madre le dijo que en casa de Martina estaban esquilando y,
que su madre, la había mandado con un punta de ganado por el cerro del
Tremedal.
Martina era una moza de escasa talla, rolliza y de mejillas
sonrosadas. No era muy viva para la escuela, pero era obediente y siempre hacía
los mandados de su madre al pie de la letra. Aquella mañana, nada más
levantarse, su madre le dio faena. Le puso en un zurrón una fiambrera con
gachas y la mandó con el ganado ya esquilado, para todo el día, al monte. Pasó
el Borrocal y llegó al cerro en el que se encuentra el santuario de la Virgen.
Dejó que las ovejas pastaran a gusto sin otra preocupación pues, la perra, se
encargaba por si sola de controlar a los animales.
Para la hora de la comida, cuando el sol ya hacía un rato
que había pasado el cenit, se sentó al costado de la ermita y sacó la
fiambrera. Sólo había gachas y un troncho de longaniza, eso era todo. Las
emprendió golosa con la cuchara de madera y de vez en cuando las empujaba mordisqueando un trozo de longaniza. Estaba a
lo suyo cuando apareció, sin hacer ruido y sin que la perra lo oliera, Millán.
La saludó y ella le respondió. La cosa parecía natural y cotidiana, como si la
ausencia de Millán durante todo un invierno no significara nada. Sacó Millán la
cuchara de madera que siempre llevaba consigo y metió mano a las gachas de
Martina.
Tras la comida, Martina dejó que la perra lamiera la
fiambrera y ellos se recostaron para echarse una cabezada pastora. Millán
enseguida notó que a la Martina le habían crecido dos buenas tetas, gordas,
tiesas y prominentes. A Millán le entró
la tontuna mientras le lamía la cara, le hacía arrumacos y le daba
chupetones en el cuello sin parar y de corrido. Martina enseguida se puso
también amorosa y le entró un cosquilleo por todo el cuerpo que le hacia
pegarse más y más a Milán. Millán la tumbó sobre la hierba y le levantó las
faldas. La penetró, no sin dificultad, pues ella todavía era virgen. Al
principio Martina tuvo un poco de dolor y tal como estaba, mismamente espatarrada,
garreaba sin parar. Al poco rato sintió que los dolores se le pasaban y que lo
que sentía era algo que empalagaba como
la miel. Así que empezó a jadear y a decirle a Millán que siguiera y que
no parara. El zagal, que llevaba toda la trashumancia masturbándose a
escondidas sintió, con la penetración, algo completamente diferente y
enormemente placentero. Así que Millán siguió culeando como un choto y Martina
garreando aunque cada vez menos. Llegados al orgasmo Martina se deshizo como
una magdalena cuando rebosa el molde y Millán se esclafó encima de aquellas
tetas, mullidas como almohadones de plumas, que tenía la zagala. Siguieron así,
quietos durante un rato, dejando él que todo el semen penetrara en ella. Por
fin, la perra, viendo que su ama no se movía presintió lo peor y comenzó a
ladrar alrededor de los dos pastorcillos. Martina la acalló, la acercó y le
hizo unas acaricias. Millán se percató entonces de que Martina albergaría buen
corazón por el amor que mostraba a los animales.
El acto había sido sumamente placentero y Martina bajó
aquella noche a la villa sintiéndose poseedora de un íntimo y gozoso secreto
del que pensaba sacar buen provecho. Al día siguiente nada más levantarse le
dijo a su madre que le pusiera las gachas en la fiambrera que se iba al cerro.
Millán que andaba como perro en celo, encontraba siempre la manera de subir a
hurtadillas hasta la ermita para sacarle a Martina todos los colores del cuerpo
en un frenesí amoroso desesperado y reiterativo. La madre de Martina notaba algo
raro y sospechaba cambios profundos en su hija. Se había vuelto más alegre y
extrovertida. Se ruborizaba cuando las conversaciones eran comprometidas o
cuando veía a los animales domésticos hacer el amor. Lo cierto es que al igual
que en el milagro de la Virgen de Tremedal, Martina sólo quería subir al cerro.
Allí estaba su dicha y no pensaba renunciar a ella.
Pasó la primavera con los dos tortolitos subiendo y bajando
al cerro, enamorados y perdiendo peso, hasta que ella se percató, de que le
crecía la tripa. La madre también se dio cuenta de que Martina no dejaba
periódicamente paños con sangre para lavar. Un día la llamó a capitulo y le
dijo: no subirás más al cerro. Entonces martina estalló en sollozos y confesó
las cosas tan extrañas que le estaban pasando. Esos mareos y esas nauseas que
sentía no eran normal pues, seguía comiendo las mismas gachas con longaniza que
antes. “Ya me imagino que tipo de longaniza comes tú últimamente, le espetó su
madre, y Martina prorrumpió a llorar.
Visto el cariz que tomaban los acontecimientos los padres de
Martina iniciaron los Ajustes Matrimoniales con los padres de Millán. Ese año,
para los Mayos, había que sacarlos novios para que nadie se enterara de nada.
A estas alturas, los polvos de Millán y de Martina corrían
de boca en boca por todos los mentideros de la Sierra de Albarracín. Tal era la
inocencia y el poco recato que habían puesto los fogosos jóvenes. La familia,
como siempre, fueron los últimos en enterarse.
*