CUENTOS DESDE EL ALFAMBRA
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Era a principio de los años
sesenta del pasado siglo. Me habían destinado como maestro al pueblo de
Villalba Alta. Era mi cuarto destino y, también, el último curso que habría
escuela en este lugar pues, la población escolar, había disminuido de forma
alarmante. Cuando me disponía a abandonar el pueblo y a cerrar la escuela, me
encontré entre los papeles y libros que debería recoger y entregar al
Ayuntamiento, un relato manuscrito de un suceso acaecido hacía tiempo en la
localidad. Se trataba de una historia simpática y curiosa que voy ha sintetizar
en breves líneas.
Había en Villalba Alta, hace
muchos años, una familia muy pobre compuesta por el matrimonio y dos hijas.
Carecían de medios de fortuna y el padre mantenía la casa con el dinero de los jornales del
campo. A temporadas hacía de pastor y en otras épocas se contrataba en las
labores del campo. Nunca había salido del pueblo ni tenía estudios si
exceptuamos los elementales y aún estos de muy escasa duración, apenas cuatro
años en la escuela del lugar. Crecieron las dos hijas y la mujer empezó a
hablarle al marido de esta forma. Las hijas no tienen futuro en el pueblo. Aquí
se casarán con un pobre y tendrán la mala vida que tenemos nosotros. Debemos
hacer algo para buscarles un marido que tenga dinero y ellas una posición
social más alta y desahogada.
El padre bajó un día a Orrios
para moler un zaquilote de trigo en el molino de marqués. A la vuelta, paró en
la cantina de la villa a tomar una “barracha” con la que tomar fuerzas para el
camino de subida. Le preguntó el
cantinero a qué se debía su tristeza y cuáles eran sus preocupaciones para
mostrar ese rostro tan sombrío. Mi mujer, le dijo, me apremia constantemente
para que deje el lugar y marche a otras tierras con el fin de conseguirles un
mejor marido a mis hijas. El cantinero se apiadó de él y le dijo. Toma esta
botella de licor y este pergamino donde está escrita su formula. Con esta
bebida podrás curar todos lo males, ser un gran médico, ganar mucho dinero y
todos lo hombres ricos de la ciudad querrán casar a sus hijos con tus hijas.
Subió presto el hombre hasta su casa de Villalba Alta y dijo a su mujer:
prepara el ajuar y a tus hijas que nos vamos a la ciudad. Así lo hicieron y, al
día siguiente, ya estaban los cuatro en Teruel. Se instalaron en una pequeña
casa de la calle el Rincón y pusieron un cartel en la puerta que decía: DOCTOR.
No tardaron en llegar los
clientes. El nuevo médico obró maravillas entre sus clientes. A todos les daba
la misma medicina y todos salían de su casa, contentos, alegres y con la salud
muy mejorada. Si acaso recaían volvían a visitarlo. Con ello no hacía más que
agrandar su fortuna y su fama entre las mejores familias de Teruel. Cambió de
barrio y casó a sus hijas con dos ricos comerciantes que tenían tienda en la
mismísima plaza del Torico.
Con los años creció en él la
nostalgia y el deseo de volver a su pueblo natal a pasar unas Navidades.
Volvieron a abrir la humilde casa del lugar en la que obraron y acondicionaron
dotándola de nuevos salones y, nuevo y espléndido, mobiliario. Aquella Noche
Buena habían acudido muchos vecinos que, como él, habitaban fuera por
necesidades de trabajo. La casa más rica del pueblo era la del alcalde y en esa
noche tan señalada habían preparado también una excelente cena. El dueño de la
casa al comenzar a tomar el segundo plato, que era pescado, se tragó una espina
que fue a clavársele en la garganta, produciéndole el consiguiente dolor y
asfixia. Alarmada la familia se alteró sobremanera saliendo a la calle, dando y
pidiendo a gritos, auxilio y socrro. En esta situación tan angustiosa estaban,
cuando les comunicaron que un famoso médico había llegado a la población esos
días. Inmediatamente fueron a su casa y lo llevaron en volandas delante del
rico Alcalde. Cuando éste reconoció en el médico al campesino que durante tanto
tiempo había trabajado para él, no pudo por menos que soltar una enorme
carcajada. Una carcajada fuerte y sonora que hizo que la espina saliera de su garganta. Liberado el Alcalde de su mal,
quedó muy reconocido al "nuevo doctor". Pídeme lo que quieras, le
dijo, que yo te lo concederé por haberme salvado la vida. Sólo te pido una
cosa, un favor no te costará ningún dinero: haz reconocimiento público de las
bondades de mi medicina. Así se hizo y la barracha alcanzó fama en toda la
región, como medicina, durante muchos años.
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