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miércoles, 4 de marzo de 2015

Cuadernos03/2015. CONSIDERACIONES PREELECTORALES

Seguro de trabajador agrícola y declaración de los beneficiarios de asistencia sanitaria, año 1959.
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EN 1941, NACE EN ESPAÑA EL SEGURO OBLIGATORIO DE ENFERMEDAD
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"Resulta innovador el establecimiento durante esta época, del seguro obligatorio de enfermedad. Así, en 1941, por decreto de 11 de julio, se crea el Seguro Obligatorio de Enfermedad, que protege a los trabajadores, sus cónyuges, y condicionadamente a los ascendientes y descendientes, en casos de enfermedad común en cuatro vertientes. Tiene como fin: la prestación de asistencia sanitaria (médica, hospitalaria y farmacéutica) en casos de enfermedad; en caso de maternidad; la indemnización económica (porcentaje de la base de cotización) por la pérdida de la retribución derivada de los riesgos anteriores; la indemnización por gastos funerarios al fallecer los asegurados. La gestión, aunque atribuida al INP, se completaba con un régimen de conciertos entre la Caja del seguro y Entidades colaboradores de carácter privado."
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¿POR QUÉ DEBEMOS ESTAR ATENTOS?
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Si una persona tiene una gran finca agrícola, pero es un indolente y deja su cuidado a un administrador, marchando tan feliz a la ciudad a disfrutar de los placeres de la vida. Si ese propietario no gira periódicamente visita a la explotación y pide cuentas de todas las particularidades que se van produciendo. Puede resultar que, al cabo de un tiempo, pasados unos años, cuando vuelva a sus tierras, éstas ya no le pertenezcan. El administrador se habrá cargado de deudas para enriquecerse y el propietario se encontrará con una HIPOTECA igual o superior al valor de la Gran Propiedad que tenía, pero que ya ha perdido de hecho.
Tras la dictadura de Franco, en España, hubo un momento en el que los partidos y los ciudadanos gozaron de buena sintonía. Pasó el tiempo y cada cual fue a los suyo. Los ciudadanos a sus obligaciones y los políticos, manos libres, a sus asuntos. La Gran Finca española fue mal administrada y muchos de los políticos (de todo signo y condición) trataron de trocearla y sacar beneficio personal a un bien común, a una finca común. Para cuando se levantaron las alfombras aquello olía muy mal. Mas aún, algún administrador vivo y sabedor de los desmanes que había causado (los Pujol,  entre otros) quiso segregar y apartar su cornejal de la finca común alegando derecho a decidir lo que Él propusiera.
Cuando alguien habla en nombre de una NACIÓN, cuando alguien habla en nombre del PUEBLO o, cuando alguien habla en nombre de la CIUDADANÍA, sencillamente es un embaucador y está mintiendo. En una democracia, nadie puede hablar en nombre de todos. Lo sé por experiencia. Cuando militaba en Chunta Aragonesista a menudo hablaba en nombre de los aragoneses: "porque los aragoneses quieren esto o lo otro", decía sin titubear. No era muy consciente de ello entonces, por la venda con que se habla desde una posición ideológica. Ahora, lo reconozco. En una democracia representativa cada partido tiene una parte de la verdad, pero nunca toda la verdad.
Franco que puso el seguro médico obligatorio, una medida muy acertada, no tenía la verdad y mentía cuando hablaba en nombre de todos los… ¡Españoles…..!
Es importantísimo, en este año de elecciones, estar advertidos. Pero lo sustancial es que el ciudadano de a pie, en general, no debe dejar el gobierno de esta finca de la que es copropietario en manos de los políticos. Si no los vigilamos, si no los controlamos… nos la volverán a jugar. Ha pasado cientos de veces en la historia de la humanidad… y volverá a pasar hasta que la sociedad no madure. No se trata ya, pues, de votar cada cuatro años. Se trata de que nuestra opinión sobre los asuntos que nos interesan se oiga permanentemente.

Otra cosa es acertar al elegir a los partidos que nos han de representar. Tema complicado y de mucha meditación. Pero hoy quiero hacer hincapié en este asunto: ¡QUÉ NADIE SE DESENTIENDA DEL GOBIERNO DE SU FINCA! En ello nos va el futuro, nuestro futuro y el de nuestros hijos.
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Cuadernos03/2015. REFRANS Y CALANDARIO T´O MES DE MARZO DE 2015

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martes, 3 de marzo de 2015

Cuadernos03/2015. EL DOCTOR BARRACHA

CUENTOS DESDE EL ALFAMBRA
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Era a principio de los años sesenta del pasado siglo. Me habían destinado como maestro al pueblo de Villalba Alta. Era mi cuarto destino y, también, el último curso que habría escuela en este lugar pues, la población escolar, había disminuido de forma alarmante. Cuando me disponía a abandonar el pueblo y a cerrar la escuela, me encontré entre los papeles y libros que debería recoger y entregar al Ayuntamiento, un relato manuscrito de un suceso acaecido hacía tiempo en la localidad. Se trataba de una historia simpática y curiosa que voy ha sintetizar en breves líneas.
Había en Villalba Alta, hace muchos años, una familia muy pobre compuesta por el matrimonio y dos hijas. Carecían de medios de fortuna y el padre mantenía  la casa con el dinero de los jornales del campo. A temporadas hacía de pastor y en otras épocas se contrataba en las labores del campo. Nunca había salido del pueblo ni tenía estudios si exceptuamos los elementales y aún estos de muy escasa duración, apenas cuatro años en la escuela del lugar. Crecieron las dos hijas y la mujer empezó a hablarle al marido de esta forma. Las hijas no tienen futuro en el pueblo. Aquí se casarán con un pobre y tendrán la mala vida que tenemos nosotros. Debemos hacer algo para buscarles un marido que tenga dinero y ellas una posición social más alta y desahogada.
El padre bajó un día a Orrios para moler un zaquilote de trigo en el molino de marqués. A la vuelta, paró en la cantina de la villa a tomar una “barracha” con la que tomar fuerzas para el camino de subida.  Le preguntó el cantinero a qué se debía su tristeza y cuáles eran sus preocupaciones para mostrar ese rostro tan sombrío. Mi mujer, le dijo, me apremia constantemente para que deje el lugar y marche a otras tierras con el fin de conseguirles un mejor marido a mis hijas. El cantinero se apiadó de él y le dijo. Toma esta botella de licor y este pergamino donde está escrita su formula. Con esta bebida podrás curar todos lo males, ser un gran médico, ganar mucho dinero y todos lo hombres ricos de la ciudad querrán casar a sus hijos con tus hijas. Subió presto el hombre hasta su casa de Villalba Alta y dijo a su mujer: prepara el ajuar y a tus hijas que nos vamos a la ciudad. Así lo hicieron y, al día siguiente, ya estaban los cuatro en Teruel. Se instalaron en una pequeña casa de la calle el Rincón y pusieron un cartel en la puerta que decía: DOCTOR.
No tardaron en llegar los clientes. El nuevo médico obró maravillas entre sus clientes. A todos les daba la misma medicina y todos salían de su casa, contentos, alegres y con la salud muy mejorada. Si acaso recaían volvían a visitarlo. Con ello no hacía más que agrandar su fortuna y su fama entre las mejores familias de Teruel. Cambió de barrio y casó a sus hijas con dos ricos comerciantes que tenían tienda en la mismísima plaza del Torico.
Con los años creció en él la nostalgia y el deseo de volver a su pueblo natal a pasar unas Navidades. Volvieron a abrir la humilde casa del lugar en la que obraron y acondicionaron dotándola de nuevos salones y, nuevo y espléndido, mobiliario. Aquella Noche Buena habían acudido muchos vecinos que, como él, habitaban fuera por necesidades de trabajo. La casa más rica del pueblo era la del alcalde y en esa noche tan señalada habían preparado también una excelente cena. El dueño de la casa al comenzar a tomar el segundo plato, que era pescado, se tragó una espina que fue a clavársele en la garganta, produciéndole el consiguiente dolor y asfixia. Alarmada la familia se alteró sobremanera saliendo a la calle, dando y pidiendo a gritos, auxilio y socrro. En esta situación tan angustiosa estaban, cuando les comunicaron que un famoso médico había llegado a la población esos días. Inmediatamente fueron a su casa y lo llevaron en volandas delante del rico Alcalde. Cuando éste reconoció en el médico al campesino que durante tanto tiempo había trabajado para él, no pudo por menos que soltar una enorme carcajada. Una carcajada fuerte y sonora que hizo que la espina saliera  de su garganta. Liberado el Alcalde de su mal, quedó muy reconocido al "nuevo doctor". Pídeme lo que quieras, le dijo, que yo te lo concederé por haberme salvado la vida. Sólo te pido una cosa, un favor no te costará ningún dinero: haz reconocimiento público de las bondades de mi medicina. Así se hizo y la barracha alcanzó fama en toda la región, como medicina, durante muchos años.

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lunes, 2 de marzo de 2015

Cuadernos03/2015. TRAS LARGOS AÑOS DE CRISIS ECONÓMICA LES OFRECEMOS LA SALIDA DELTÚNEL

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Cuadernos03/2015 EL HIMNO DE ENCINACORBA POR ENRIQUE GÓMEZ LÁZARO

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Era alcaldesa Bienvenida Gil Cucalón
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Cuadernos03/2015. ESTATUTOS DE LA COOPERATIVA SAN ESTEBAN DE ENCINACORBA

PARA LEER MEJOR, PINCHAD EN LAS IMÁGENES
ENCINACORBA, LIQUIDACIÓN POR CIERRE
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Los Estatutos de la Cooperativa San Esteban ya son historia. Ya no sirven para nada. No tienen una utilidad práctica, sin embargo, todavía nos podrían prestar algún servicio si quisiéramos resolver y aclarar las causas del “hundimiento” de dicha institución agrícola. Analizando como fue su creación, su transcurrir histórico y su decadencia y cierre. Pero, claro, eso hay que hacerlo de forma desapasionada. Admitiendo de antemano la parte alícuota de responsabilidad de cada uno. Incardinando dicho proceso en la decadencia generalizada en que se encuentra la villa. Cierre de escuelas. Pérdida de servicios, médicos, bancarios, asistencia social, etc., etc.
A un anciano, se le hará cada día más difícil vivir en Encinacorba con una cierta dignidad. ¡Claro qué, siempre viene bien la resignación cuando abunda la indolencia! Por todo ello es muy recurrente acudir al determinismo histórico. Las cosas pasan porque sí, y nadie tiene la culpa. ¡Han cerrado las escuelas! -dice la gente- como si el suceso ocurriera a mil kilómetros y fuera un hecho tan ajeno a nuestra voluntad como la lluvia o la caída de un rayo. De esta forma tan irresponsable se admite la descomposición y caída de una población en todo su conjunto, viéndose como algo natural y lógico. Viéndose como la cosa más natural y sin que voluntad humana alguna fuera capaz de subvertir el proceso. No existe la necesaria indignación que lleve a tomar una determinación y que haga posible detener el proceso. Por lo visto y por lo hablado con las gentes del lugar: no hay solución, si no media el destino o una voluntad inefable.
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domingo, 1 de marzo de 2015

Cuadernos03/2015. CUENTOS DEL YAYO CHUSÉ

Las gentes huían despavoridas de las aguas del río Alfambra
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EL MARQUESADO DE LOS CAÑADA IBÁÑEZ EN ORRIOS
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Vivía en un magnífico palacio rodeado de todo tipo de comodidades y lujos. La corona  del marquesado era de oro macizo, sus vestidos de seda y sus capas de los mejores armiños. Tenía esposa y esperaba un heredero para sus vastos territorios comprendidos entre, la Sierra de El Pobo por un lado, y la de Peña Palomera por el poniente. Pero, a pesar de tener todos los caprichos posibles a su alcance, ni su esposa, ni sus secretarios, acertaban a encontrar un cocinero que le hiciera los huevos fritos como a él le gustaban. Nadie le pudo freír, ni tan sólo uno de aquellos huevos estrellados sobre dos tajadas de pernil curado, que tan febrilmente recordaba de su niñez.  A menudo recordaba con veemencia aquella dorada puntilla rodeando un centro apenas perceptible de clara blanca cubriendo una yema rotunda, sonrosada, y cubierto todo, finalmente, con limaduras de trufa de Sarrión. El herrero palaciego le había confeccionado una sartén de plata y, sus administradores, habían viajado hasta el Bajo Aragón en busca del mejor de los aceites. Un día, cansado de esperar y ahíto de gula exclamó: “¡Mi alma, mi alma por un par de huevos fritos!” Al instante, como por arte de magia, descendió por la linterna que iluminaba el salón de los marqueses de la Cañada,  un cocinero que rápidamente le preparó los mejores huevos que nunca jamás hubiera comido nadie en la tierra,  ni siquiera el más exigente de los papas o reyes.
Pero no todo era paz en aquel valle de vigoroso verdor estival. Aquellas feraces y frescas tierras del marquesado eran asoladas periódicamente por bandas de peligrosos delincuentes dedicados al crimen y a la extorsión que, a falta de dinero contante y sonante, arrasaban las despensas, alacenas y bodegas de toda la redolada. Eran famosas sus lifaras en mesones, masadas y casas apartadas de la población. Los dueños, sobre los que caía periódicamente tamaña plaga, quedaban arruinados para siempre. El marqués se tomó en serio el asunto y mandó a sus guardias detenerlos tendiéndoles una trampa en las estrechas laderas del barranco del Horcajo. Los diecisiete peligrosos delincuentes que cayeron ese día, fueron a parar a los calabozos del lugar y sometidos a severa dieta de pan de almortas y agua del Vadillo. Pasaron días  después, cuando la bravura ya había hecho mella en sus carnes, a ser juzgados por aquel señor de horca y cuchillo en los salones concejiles de la población. Pronto habló Fabianus Gansus Apicius conocido por su cabellera, roja como el fuego, y por su habilidad en las artes culinarias. Fabianus era la reencarnación misma de aquel famoso cocinero de la época imperial romana, Apicius, cuya muerte se produjo, misteriosamente, en el seno del pensamiento hindú en las lejanas regiones del Asia oriental y mistérica.  Soy una mago de los fogones, le espetó al señor marques de improviso, pero, además de mi dominio en las artes culinarias, si ponéis en libertad a mis amigos, mi magia, os puede conceder tres deseos. Que así sea, dijo el caprichoso marquesito  un tanto impaciente. Primero, deseo el poder sobre todas las aves del cielo. En segundo lugar quiero conocer el lenguaje de los animales terrestres y, en tercer lugar, quiero el poder de la vara de Moisés para gobernar las aguas de la tierra**.
Un día llegó a las tierras del marquesado un diablo aparejado de buhonero. Inmediatamente preguntó por el señor del lugar y, unos vecinos que tomaban la fresca bajo un aparra, lo encaminaron al palacio del marques de la Cañada sito en la calle Mayor. Tras golpear en la puerta, fue recibido por el señor de la casa. Soy el diablo, le dijo, vengo a por tu alma según la promesa que hiciste hace algún tiempo. Bien, dijo el marqués, pero déjame que me despida de mi mujer y de mi hijo. Subió entonces al solanar y llamó a las aves que poblaban el cielo. Salvadme del diablo y del infierno les ordenó. En ese instante  y envuelto en una malla de finísimos hijo de seda lo elevaron por el cielo alejándolo del poder del demonio. Las aves lo depositaron en Valderrobres, bellísima población del Matarraña, hasta que el buhonero marchó río arriba y se perdió tras las últimas curvas de Villalba Alta.
Pasado algún tiempo llegó otro demonio, ahora disfrazado de leproso. Llevaba las carnes y las ropas destrozadas a jirones sangrientos. Su aspecto era horrible, repugnante… y su hedor hacía que ningún mortal se le acercara a menos de veinte metros. Vengo a por tu alma, le espetó sin más dilación. Recordó de nuevo el marqués, su trato primigenio con el maligno y el peligro que había corrido con el buhonero. Espera a que ponga en paz mi alma antes de marchar contigo, le dijo al leproso. Pasó el marqués a la capilla de Santa Ana, una hermosa construcción contigua a su palacio, y oró ante el altar mayor. Una vez preparada su alma, salió en compañía de su esposa  y único hijo a la puerta de casa. Caminaba el reo por la calle mayor cuando oyó hablar a un perro, luego aun gato, más tarde a las gallinas y hasta a los caballos y los cerdos en las cortes. Recordó al instante el deseo concedido por el mago hindú y pidió ayuda a los animales. ¡Socorredme que estoy perdido, el diablo se me lleva al infierno! gritó con todas sus fuerzas el marqués. Inmediatamente, todos los animales de la redolada acudieron en su defensa. Se lanzaron con uñas y dientes sobre el demonio que murió a consecuencia de las muchas y sangrantes heridas. Sus despojos, finalmente, fueron alimento del puerco de San Antón que se criaba libre por las calles del lugar.
Cansado de los continuos fracasos de sus diablillos, Baal Zebub, el dueño y señor de los infiernos mandó a 40.000 diablos jóvenes, valientes e inteligentes, a por el alma del marqués de la Cañada de Orrios. Pronto llegaron noticias al lugar, de los desmanes cometidos por los diablos en la importante población de Alfambra y como la vigorosa ira de estos diaplerones dejaba todo destruido a sangre y fuego. Esta vez, el marques y toda la población salieron al encuentro de los demonios, pues el peligro que arrostraban era común. No sólo era ya el alma del marqués, sino toda la población entera y verdadera la que peligraba. Oraron a la Virgen del Águila y tras nueve días de oración y procesiones hasta su templo, hicieron una rogativa general y extraordinaria pidiendo la lluvia a mares, tal como les había indicado el marqués. Llegaron los diablos a la orilla derecha del Alfambra y, llegaron también, las nubes a encapotar los cielos con un negror cerril y apocalíptico. De forma diluviana cayó el agua en los Alcamines y en la sierra de El Pobo. Entonces, a una orden del de la Cañada, los habitantes se retiraron a los sitios más altos y mejor protegidos, mientras que los diablos, pillados por la sorpresa y desprovistos de estrategia alguna fueron arrastrados por las aguas tumultuosas y desbordadas del río. Los cuerpos de los diablos tiñeron de rojo las aguas de un río que si hasta entonces había sido conocido como río Blanco, desde entonces empezó a llamarse río Rojo o Alfambra.
Ningún diablo desde entonces osa atravesar el río y legar a Orrios, por lo que sus habitantes viven con la certeza de una feliz vida en la tierra y luego en el Cielo. Amen.
** El señor marques nunca utilizó este poder para construir el pantano de los Alcamines.

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