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lunes, 5 de noviembre de 2012

Cuadernos11/2012. LUZ OTOÑAL

Las tierras, lavadas por las últimas lluvias, muestran el color de la arcilla roja: "el royal". Las hojas de la vides pierden su verdor y van acicalándose con colores ocres y amarillos. En las gabarderas se despierta el rojo fuerte de los escalambrujos y los frutos de las moreras, secos y contraídos, se atisban negros y apagados. El verdín revive en los ribazos y las hojas de los fresnos se acorazan en un color verde-oscuro. El sol va perdiendo fuerza y, al ocaso, las nubes se pintan de un color rosáceo difuminadas por el cierzo. Cae el otoño sobre los viñedos como caen algunos cariñeneros sobre las cribatinajas de Encinacorba. El agüerro es el preludio amable del invierno, una senda de decadencia, un desnudarse las hojas del alma al viento de poniente. El invierno, sin embargo, ya aparece recostado en los recodos del camino, en las tierras más frías y en los pagos más secos. Ya ha desnudado, por su cuenta, los álamos del río y los chopos boliana de los secanos. Tiene vencidos a los almendros, que tras la larga sequía, muestran desnudos sus frutos resequidos. Se espera con impaciencia el paso de las grullas por la Atalaya que vuelan, tras la golondrinas, hasta África. La estación de la muerte fenece en un suicidio anual que es preludio de vida en las sementeras ya nacidas.
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