LA MORTA
(El destino llevó a
Simplón a servir de pastorcillo en una masada de Aliaga en la que, la dueña, le
hizo pasar frío, hambre y duras penalidades entre peñascos fantasmagóricos.)
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La tierra, abierta como las
tripas de una oveja devorada por el lobo, dejaba entrever grandes peñascos con
forma de esquirlas mastodónticas. Atormentadas formas en una naturaleza
caprichosa fruto del desquiciamiento del Creador o de alguna batalla entre
diablos y gigantes. Entre los altos montes y las quebradas rocas se abrían
pequeños valles y celadas donde Simplón llevaba el ganado que le había
encomendado su nueva ama, Juana Escorihuela. A la dueña, Juana, desde los
memorables sucesos acaecidos en la época de la segunda república se le recuerda
con el apelativo de LA MORTA. Esta mujer, que envolvía su alma miserable en un
corpachón hombruno y sólido, vestía como un hombre, comía como un cerdo y tenía
la piedad de una hiena. Sobre el labio superior derecho sobresalía, prominente,
una enorme verruga con cuatro pelos gatunos. Ojos verdes de culebra de agua y
manos como zarpas de orangután. Manejaba el azadón y la dalla con tal destreza
que las labores domésticas se le antojaban cosa de mojigatería y endeblez
propias de las débiles mujeres de la villa. Bajaba de cuando en vez a la villa
arrastrando un bolso enorme con un cuaderno, un lápiz de carpintero y un bolso
más menudo en su interior con un enorme fajo de billetes de banco. Era pariente
de los Feced y además era la usurera de la contornada. La mujer más rica de la
comarca vivía en la masada y no sabía lo que era la felicidad ni le
importaba. El ajetreo constante por sacar adelante sus cuantioso patrimonio,
inmueble y monetario, la tenían entretenida y sin cuajo para remilgos.
El día en que Simplón llegó a la
masada con la encomienda de realizar las labores de pastoreo con un pequeño
atajo de ovejas, conoció el lóbrego
habitáculo donde dormiría y el dramático paisaje a pleno aire libre donde
pasaría sus días, sintió de repente el vómito y el vértigo arrancar veloces de
su débil y pequeño corazón y agolparse en su boca y cabeza. Los ojos de La
Morta se clavaron en el zagal y éste, atónito, sintió de repente como, una
agüilla sucia y maloliente le bajaba por las piernas hasta inundar sus abarcas.
En la boca sintió la espesura y el reseco amargo de la ginesta. Ella le señaló
el atajo de ganado y los campos por los que debería arrastrar su, desde ahora,
miserable vida. Salieron el zagal y el atajo juntos sin que, entre ambos
olores, hubiera posibilidad de un mínimo espacio de ventilación ni de
reposo a una pituitaria sangrante por el
choque frontal de tan distorsionantes “aromas”.
Pero aquí no acabarían las
desdichas de Simplón. Todavía la vida iba a tentarle con más duras pruebas. Un
día, La Morta, le espetó con tono cariñoso y doliente a la vez, hijo: ha venido
a España el trueno y el dolor, hasta estos tristes páramos ha llegado lo que
nadie quería, la REPÚBLICA se ha proclamado en España. Esto significa, le
apostilló, que yo me bajo a la casa de Aliaga a dormir, pues ofrece más
seguridad que estos montes tan solitarios. Tu permanecerás aquí cuidando y el
ganado y vigilando que ningún truhán te lo robe. Por las mañanas subiré. De que
el patrimonio permanezca intacto depende tu vida.
Pasaron los días, y como las
desdichas no vienen solas, nuevos
quebraderos de cabeza atormentaron la insaciable voracidad de la usurera.
Primero fue una Ley Republicana que establecía un salario mínimo e igual para
todos los campesinos de España. No puede ser, dijo La Morta, no son lo mismo
las dulces tierras de Valencia que estos áridos peñascos improductivos. Los
labradores de la villa que le trabajaban sus extensas tierras pidieron el nuevo
salario, ella se lo negó. Fueron al juez y este sentenció a favor de los
obreros.
La Morta sintió como su cuerpo se
abría en carne viva. Lágrimas de dolor humedecieron sus billetes y un nudo de
impotencia la ahogaba la garganta. Trató con mucho más desdén y
desconsideración a Simplón, que a cada momento y sin saber por qué, recibía un
palo o un guantazo en el baticuello. Esos golpes dados al niño sin ton ni son, le
producían a La Morta un gran desahogo dentro de su desasosiego. Ven aquí
pardal, le decía a Simplón, que acudía una y otra vez a recibir sin merecerlo
las descargas de odio de la usurera.
Con todo, se llegó un límite tal,
en el que la usurera no pudo soportar más la presencia del Juez de la villa.
Una noche de luna llena lo esperó tras las tapias del viejo cementerio, cuando
lo tuvo a la vista, le disparó dos tiros de escopeta a bocajarro que hicieron desplomarse
la frágil figura del magistrado. Las ventanas se entornaron y los vecinos vieron
una sombra fantasmal correr y abandonar el lugar. Aquella noche La Morta se
subió a dormir a la masada.
La claridad del día puso un
charco de sangre eléctrica en la plaza de la iglesia de Aliaga. Las campanas
repicaron en la Virgen de la Zarza y en el templo parroquial. Hubo un murmullo
apagado de gargantas mineras, de ojos despavoridos y un agitarse los cuerpos
incrédulos en torno a la sangre injustamente derramada. La Morta, la usurera,
no volvió a bajar a la villa y nadie trató de subir a sus dominios. Las cosas
parecían calmarse y el crimen podía permanecer impune. Simplón tuvo unos días
de mayor tranquilidad pues las preocupaciones de la usurera y sus lógicos temores
hacían que se olvidara del muchacho.
Pronto, sin embargo, vería
Simplón como su vida tomaba otro rumbo tras aquellos años de república sometido
al frío, al silencio y al olvido de estos miserables montes malditos. Comenzada
la guerra llegó a Aliaga un capitán del ejército nacional que preguntó por el
crimen cometido sobre el Juez, tomó declaración y llegó hasta el final de los
interrogatorios. Por fin supo quién era el autor de la muerte de su hermano.
Puso a La Morta frente al pelotón de fusilamiento con un obrero republicano a
su derecha y otro a su izquierda. Tal fue el acto justiciero que se ejecutó
sobre tan sonoro crimen.
Las campanas sonaron de madrugada y, Simplón,
viendo como arrastraban a su ama a un camión del ejército, la siguió a pie
hasta la villa. Pudo ver, desde un lado de la plaza y con meridiana claridad
como La Morta no dejaba caer una sola lágrima al punto de recibir la descarga
de fusilería.
Una vez el cuerpo de la usurera
estuvo inerte, Simplón, haciendo gala a su apodo y sin sentir el más mínimo
desafecto por quien tan mal le había tratado, tomó el camino hacia Utrillas.
Allí lo veremos trabajar de minero (vuelta al carbón) en los pozos de este mineral.
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