DE LA ENCARTA AL PUERTO DE ENCINACORBA
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El campo olía a trigo duro, seco, y en el aire había un rumor de máquinas cosechadoras cortando la mies. Lejos duermen las corbellas, las zoquetas, los vencejos, el acarreo, la trilla y el ato de la merienda con su ensalada de sardinas en escabeche. Escuchamos el canto del gallo proveniente del peirón de San Roque, al llegar a La Encarta, junto al sifón de La Fuente de la villa. El sifón, ahora mocho, tuvo en tiempos un remate en forma de cono hasta que una máquina lo destrozó y se recompuso de la manera tan burda como se ve en la actualidad. Unos doscientos metros cauce arriba tenemos el viejo manantial, obra original y representativa de la preocupación de los habitantes del lugar por el aprovisionamiento seguro de agua. El manantial, por su estructura arquitectónica parece obra coetánea a la fuente, consta de una galería en forma de pequeño túnel y de una arqueta de piedra picada que hace la función de recoger y regular el agua. En La Encarta nacen tres caminos, el de la derecha te lleva a las Seis Arcadas y al Santo de Aguarón, el del centro (Carracodos) a Codos y el de la izquierda (Carradaroca) a Torralvilla, Langa del Castillo, Retascón y Daroca. Iniciamos, pues, el segundo tramo significativo de nuestro recorrido (entre La Encarta y la línea férrea por Carracodos), caracterizado por el cultivo mayoritario de vides. Las viñas dibujan aquí las ondulaciones que se producen entre los barrancos y las pequeñas lomas. En este segundo tramo la naturaleza se muestra amable y las tierras bien cultivadas son muestras del buen quehacer de las gentes de esta villa. Llegamos sin vacilación al puente del ferrocarril, aquí hacemos una parada, pues es necesario dibujar con la vista el paisaje en su totalidad. De izquierda a derecha se divisa primero la ermita de la Virgen del Águila, en Paniza, sobre el parador de Encinacorba. Seguimos la línea del horizonte por el monte de la Prisca, el Puerto del Alto de San Martín (antigua entrada a la villa desde el sur peninsular), la Hoya Nevera (porque conserva un viejo nevero), el collado de la Hoya Vedada, el Pico del Muro, el Puerto de Encinacorba, la Peña de la Herrería y acabando en Aguarón, Valdemadera. En el interior de este circo tenemos como hitos más significativos el cerro de Santa Cruz y la Peña la Cueva. Hasta la línea de ferrocarril llegan las tierras cultivadas. Desde aquí vemos el viaducto de las Seis Arcadas (dinamitado en la Guerra Civil 36-39) y los túneles de Carralamata donde se instaló una herrería en la época de construcción del ferrocarril Caminreal-Zaragoza (ahora escombrera). Sobre la línea del ferrocarril comenzamos el tercer tramo. Éste se caracteriza, por tener los bancales en ladera ya que en un tiempo se cultivaron debido a la presión humana y tras la emigración (años 60 y 70) se dejaron en el olvido y el abandono. En este tramo encontramos tres parideras y un moderno depósito (cilíndrico) de aguas contra incendios construido por la DGA. Superado el tercer tramo iniciamos el cuarto y último tramo hasta el Puerto de Encinacorba. Es el de mayor dureza por lo empinado de la pendiente. Nada más empezar nos adelantó un coche tipo turismo con tres jóvenes que volvían (al parecer) de fiesta. Llevaban la ruta Cariñena-Encinacorba-Codos. Por estos caminos y a través del puerto, evitan los controles de tráfico. Penetras en el pinar y notas el frescor de la mañana en la piel y el aroma de las frondosas vaguadas que bajan cubiertas de vegetación desde el alto el puerto. Vas bordeando la Peña la Cueva y dejas el camino que te lleva a la Atalaya y a la Virgen del Águila para coger el de la derecha. Sin dejarlo, alcanzas la cima, donde desparece el pinar y nace un espacio singular. Coronando el Puerto de Encinacorba las aguas ya vierten al río Grío. Este recóndito valle esconde maravillas ocultas a la mayoría de los mortales, tal es, no exageramos, la iglesia mudéjar de Tobed.
Sin embargo, en la subida, hemos dejado atrás la Fuente de la Corza, sobre la que volveremos en el siguiente capítulo.
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