Peña El Cid
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EL CID CONVOCA A SUS HUESTES EN MAS DE JACINTO
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Diecisiete caballeros
diecisiete hijosdalgos,
todos buenos luchadores, todos yantan con remango.
Sin tardanza y sin
sosiego, el El Cid los ha convocado
para el 28 de enero
según se había acordado.
La noticia del encuentro
sayones van pregonando:
unos corren el Alfambra,
van por Jiloca otros tantos,
por sierras…, por altiplanos…, grandes voces iban dando.
Que allá en el Mas de Jacinto, ese día y sin descanso
acudan a toda prisa,
a lomos de sus caballos,
pues las dueñas del
lugar la gacha van preparando.
Todos dejan sus haciendas, todos dejan sus ganados:
a sus mujeres e hijos
los dan por abandonados,
que para llenar la andorga,
sin falta son convocados.
De Tramacastiel los gritos
muy fuertes ya van llegando,
que en aquel castillo habita buen caballero esforzado.
Fuera el primero en llegar, Guillermo el Adelantado.
¡Albricias tengas Guillermo! ¡Albricias mi bien amado!
Si turrón fuera Valencia
ya te lo habrías zampado.
Luego llegó Barrachina,
Aurelio y Vicente Amo:
comen como tres
leones y
eructan, como villanos.
Sin tardar llega un Señor
montando caballo Blanco
con dos capones al cuello
y con la bota empinando.
Desde un pequeño tozal
el buen Cid está oteando
la llegada de Martínez,
su más esforzado brazo,
por ver si trae Escudero
los ojos se está frotando,
cuando ya cerca lo tiene
le ve a la grupa un venado.
¡Alegráronse sus ojos
las manos, se está frotado!
La lifara que le espera
cumpliría a cien cristianos.
De todos los caballeros,
de todos que están llegando,
el de más fino yantar
por la puerta está asomando,
la flor de los caballeros,
el dueño de un marquesado,
el que de un solo mordisco
arranca el muslo de un pavo.
Y llegó otro
caballero, aquel de los ojos
claros,
el que al llegar, el buen Cid, a solas quiso abrazarlo.
¿Qué me traes de Ojos Negros? ¿Qué me trae el de ojos claros?
Un cuelgo de perdiganas,
una pierna de somarro,
longaniza de Monreal
y este queso bien curado.
Ya se sientan junto al fuego, del peto se han despojado,
empinan firmes el codo
con el cuchillo afilado.
Esperan con impaciencia
a los que aún no han llegado
Paco, Fabián, Espallargas,
Benjamín el Colorado,
Mío Cid también demanda
por Santiago el esforzado
y para Lázaro
aparta, el mejor de los bocados.
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HACE SU ENTRADA EL SEÑOR DEL ALTIPLANO
HACE SU ENTRADA EL SEÑOR DEL ALTIPLANO
En el oscuro silencio
que precede a la tronada
se oyeron tres duros golpes, rotundos como la plata.
No son golpes de bastón,
ni golpea con la espada:
son los golpes de ese miembro que le ha dado tanta fama.
Con tan marcial armadura, ¿quién viene a darnos la lata?
- se pregunta Mío Cid,
se pregunta la gachada -.
La cosa no es muy difícil
bien se alcanza adivinarla:
el Señor del Altiplano,
acaba de hacer su entrada.
Sobre el centro de la tabla, chorreándole las barbas,
arroja sendos perniles
y dos blancos pa tajadas.
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EL CID EXHORTA EN VANO A SUS VASALLOS
Despojose El Cid del yelmo,
a todos miró muy fijo,
y dijo con voz muy tierna
que todos eran sus hijos.
¡Comed, comed, sin medida!
Luego, hablando fue prolijo:
les advirtió de estrecheces que habrá carencias, les dijo,
y puede que las pensiones no alcancen ni para un higo.
En estas, ya estaban todos masticando a dos carrillos,
agarrando con las zarpas longanizas y chorizos,
escupiendo pal costau y empinado del buen vino.
Viendo pues, El Mío Cid,
el romance sin sentido
pidió su plato de gachas
y se puso... como el quico.
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PER ABBAT DICE:
"El romance os fue leído.
¡Dadnos, pues, vasos de vino!
Si es que no tenéis dineros,
llevad prendas al empeño,
y lo que os den ¡a beberlo!"
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