LA SOLEDAD Y EL SILENCIO DE SOR CAMPANA
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(La hermana Belén eligió con acierto, Encinacorba, para vivir su vida de anacoreta. Avilio, sin embargo, no habla con los vecinos por no romper el fino cristal, morfuga de silencio, que los envuelve. )
¡Bieeeen…! Fin de semana en el
pueblo. Llegan el sábado a comer y sin embargo, el domingo sobre las once de la
mañana ya están todos en danza: ¡Tenemos que llegar a Zaragoza antes de comer…!
No acaban de llegar y ya se marchan. La tarde del domingo ya es desoladora y la
calle Mayor queda, tras el éxodo matinal, vacía. Apenas ha sido un espejismo.
No entendemos esa feroz atracción que ejerce Zaragoza y las prisas por volver
cuando, el trayecto, se hace apenas en media hora. Tras el último vehículo, la
mayor parte de los residentes en el lugar, echan la llave de la puerta y bajan
las persianas. Un silencio frío recorre las calles junto a los perros de Angelines, que ni siquiera se atreven a ladrar.
En el Casino, tres parroquianos descansan sus seis ojos sobre los vasos de vino
hasta la hora de cenar. El casinero espera a que se cumpla la hora, ya sin
clientes, para marchase a Cariñena. Apagado el cartel luminoso del local, la
villa parece más pueblo todavía, más soledad, más silencio. Sólo se siente la
ronca maquinaria del secadero y, de vez en cuando, el toque de las campanas del
reloj de la iglesia dando unas horas, que nadie quiere oír.

